GANADOR DEL V CONCURSO DE NARRATIVA DE "TIERRAS BALDÍAS" -2012
Ganadora: Mariló Álvarez Sanchis.
Noche de cumpleaños
Leela se encontraba en el salón más grande que había visto en toda su vida. Giraba la cabeza a derecha e izquierda pero le resultaba imposible abarcarlo todo. Ni siquiera podía ver las paredes que delimitaban el final de aquella sala, aunque sí podía apreciar la recargada ornamentación dispuesta para la ocasión. Cuadros del tamaño de campos enteros recubrían las paredes blancas, separados entre sí por cortinas de seda, satén y raso. Las baldosas del suelo relucían como espejos y en cuanto al techo… ni siquiera estaba segura de que llegara a verlo. Tan sólo se intuía una pátina brillante, muchos metros por encima de su cabeza. Pero, lo que de verdad le impresionaba no era la decoración de aquel lugar sino, precisamente, el único espacio libre de aderezos en aquella basta inmensidad: los enormes ventanales que ocupaban una de las gigantescas paredes de aquella habitación.
No se estremecía sólo por el tamaño de aquellos miradores. Lo que realmente conseguía sobrecogerla eran las vistas. Un gran vacío negro, atrayente y peligroso, salpicado por un millar de puntos luminosos como polillas orbitando alrededor de la luz de la habitación. Lo que Leela contemplaba, boquiabierta y aún incrédula, era el universo. ¿Cómo algo en lo que había estado siempre inmersa podía rodearla de una manera tan abrumadora? Sentía el peso de millones de años de historia columpiándose sobre su cabeza mientras el transcurso de la vida la aplastaba poco a poco, convirtiéndola en el ser más diminuto e insignificante del universo. Y, bien pensado, lo era.
Leela provenía de una familia humilde. Sus padres trabajaban en las fábricas del sector 7, mientras que su hermana y ella asistían al colegio comunitario. En realidad, éste había sido el último año de educación de la chica. Hoy mismo cumplía 16 años y, por lo tanto, cuando acabaran las vacaciones tendría que ponerse a trabajar, como sus progenitores. No podían permitirse ningún lujo pero, cuando ella aportara otro sueldo a la familia, quizás las cosas les fueran mejor. Aun así, su madre había conseguido sorprenderla ofreciéndole un regalo por su mayoría de edad. Leela esperaba recibir algún trozo de chocolate o, quizás, un vestido nuevo, como todos los años. No estaba preparada para lo que su madre le entregó, bien envuelto en un pulcro sobre blanco: un billete para el Cuddle, uno de los cruceros más populares de la galaxia. Aunque el precio del pasaje no era desorbitado para cualquier ciudadano de clase media, sí resultaba casi inalcanzable para la gente como ellos. Su madre debía de llevar años ahorrando para ese momento. Aquello no era sólo una entrada al Cuddle. Era un billete hacia el paraíso, un viaje de un mes por todo lo que el hombre siempre había querido alcanzar.
Y allí estaba ella, engalanada con su mejor ropa, recién duchada y peinada, tratando de evitar andar dando saltitos por todo el salón. La rodeaban miles de seres vivos en aquella habitación y, sin embargo, Leela aún no había encontrado ningún humano con el que relacionarse. Por suerte, los camareros blorgons hablaban su idioma, de manera que pudo hacerse entender para conseguir una bebida. Aun así, se encontraba sola. Nunca había tenido a tanta gente alrededor sin poder comunicarse con ellos o, al menos, saber identificar su especie. Pero era normal. Nunca había salido de la tierra hasta ese momento, y pocas eran las especies que hacían escala en un planeta tan pobre y degradado. Los humanos más ricos se habían apresurado a emigrar cuando tuvieron ocasión. Los trabajadores de base eran prácticamente las únicas criaturas que quedaban en el planeta. Además, teniendo en cuenta que se habían visto obligados a refugiarse en el subsuelo debido a la contaminación de la atmósfera… Desde luego, no era difícil concluir que el planeta Tierra había visto días mejores.
Sin embargo, Leela había nacido y crecido en las profundidades de aquel mundo. No conocía nada más, ni siquiera las estrellas, salvo por las fotografías de los gastados libros de texto. Ahora, por fin, podía verlo todo en directo.
Una extraña agitación recorría aquella noche el salón de gala del crucero. Al parecer, se trataba de una noche especial aunque, debido a los problemas para entenderse con sus compañeros, la chica no había conseguido averiguar de qué se trataba exactamente. Quizás fuera algún tipo de festividad en algún planeta importante. De todas formas, le hacía ilusión que el día de su cumpleaños fuera a ser celebrado de una manera u otra en aquella nave. Aunque la fiesta no tuviera nada que ver con su nacimiento, Leela podía fingir que así era. Nadie podía quitarle ese pequeño momento de placer.
Asomada a uno de los ventanales, la chica sintió cómo el crucero reducía su velocidad. Parecía que se estaba parando junto a algo y ese algo le resultaba bastante familiar. Nunca lo había visto desde ese ángulo pero sabía lo que era. Aunque en las fotos todo parecía más… grande. Desde la nave, la Tierra se veía tan pequeña… Podía ver las cordilleras alzándose entre nubes tóxicas y los mares ponzoñosos bañando prácticamente toda aquella superficie rocosa. Hacía mucho que la vegetación había desaparecido del planeta así que, desde aquella distancia, la Tierra era una gran esfera gris y oscura. Hermosa, a su manera. Al menos si es tu hogar.
Mientras Leela contemplaba su casa con melancolía, la música a su alrededor empezó a parar. Poco a poco, se hizo el silencio en el salón. Las parejas de baile dejaban de moverse por la pista y los que estaban deleitándose con el buffet, dejaban sus platos a medio comer. Todos se movían como un mar bien organizado hacia los numerosos ventanales de la pared este. Pronto, Leela se sintió rodeada y tuvo que apretarse más contra el cristal para poder seguir contemplando su hogar. Pensó en alejarse de allí pero, al volverse, comprobó que le iba a resultar imposible, con tanto cuerpo hinchado y colorido a su alrededor.
No sabía por qué todo el mundo había sentido un repentino interés por su planeta. Quizás tuviera algo que ver con la celebración de la noche. ¿Estaba relacionada con la Tierra? Ella no recordaba que el día de su cumpleaños se celebrara ninguna festividad… Un anuncio empezó a sonar por megafonía aunque, con tanta gente a su alrededor, ahora murmurando impacientes, Leela no fue capaz de entender ni una sola palabra. Quien estaba haciendo el anuncio debió de darse por vencido también, porque pronto su retahíla paró. Aunque fue sólo por unos segundos. Inmediatamente, la voz del locutor volvió a recorrer la sala atiborrada de gente. La chica no entendía sus palabras, pero creyó intuir que estaba contando. Fuera lo que fuera lo que iba a pasar, ya quedaba poco.
Leela contuvo la respiración, pegándose más al cristal, hasta que pudo ver su aliento empañándolo el cristal. La última cifra de la cuenta atrás quedó flotando en el aire y, en ese preciso instante, una llamarada de energía envolvió la Tierra. Una intensa ovación se dejó oír por toda la sala mientras Leela se llevaba las manos a los ojos, intentando no quedar cegada por aquel brillante espectáculo. Cuando volvió a abrirlos, lentamente, se encontró con que, donde había estado su planeta, ya no había nada. Absolutamente nada. Ni siquiera estrellas. La negrura del Universo lo había reemplazado todo. Sin asimilar todavía lo que había visto, se dio la vuelta lentamente y empezó a buscar con la mirada un camarero, alguien que pudiera entenderla. A su alrededor, sus compañeros de viaje abandonaban los ventanales y se dirigían, charlando tranquilamente, a la pista de baile. Desesperada, se aferró al brazo del primer blorgon que vio y le preguntó qué estaba pasando, si había salido algo mal durante el viaje, si se estaba acabando el mundo o qué rayos había presenciado.
El camarero esbozó su mejor sonrisa, tratando de tranquilizarla con su tono casual: “Oh, no, señorita. No es el fin del mundo. Sólo de Mercurio, Venus, la Tierra y Marte. Ya sabe, se calculaba que hoy, por fin, el Sol agotaría su oxígeno y se convertiría en una gigante roja. Espero que haya disfrutado del Apocalipsis”.
… Feliz cumpleaños…
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